En “Mujer, Poder y Paz”, un ciclo de conferencias celebrado en septiembre pasado en el Omega Institute de Nueva York, Ana Nogales entrevistó personalmente a Rigoberto Menchú, la líder indígena guatemalteca ganadora del Premio Nobel de la Paz en 1992. La Dra. Nogales comparte en esta nota algunas reflexiones y testimonios extraidos del emotivo encuentro.
Dra. Ana Nogales, Rigoberta Menchú y Dra. Sonnee Weedn, psicóloga.
A lo largo de mi vida, he tenido la fortuna de encontrarme con gente de quien he aprendido mucho, principalmente, de cómo ser mejor persona.
Recientemente, fui honrada con la responsabilidad de dirigir un taller: Mujer, Poder y Paz, en el Instituto Omega de New York. Allí participó Rigoberta Menchu Tum, Premio Nobel de la Paz, una mujer indígena con una sabiduría extraordinaria, que, con extrema sencillez, aportó sus vivencias y su espíritu de sanación.
Habiendo vivido la Guerra civil en Guatemala, la discriminación y el racismo contra el indígena, y siendo testigo de la cruel tortura y el asesinato de su hermano y de sus padres, Rigoberta logró que su palabra se esuchara, aún cuando la voz del indígena continúa siendo acallada en la actualidad.
El conflicto armado que terminó hace apenas 10 años dejó muchas secuelas, pero Rigoberta trabaja día a día para reparar el daño, una tarea muy dura, según ella misma lo confiesa. Sin embargo, Rigoberta admite que la salud espiritual es rescatable, aun después de traumas sangrientos, porque todos apreciamos la vida, aunque a veces no lo admitamos. Ella lo comprobó trabajando con gente que está desahuciada, y dice: “todos luchan por unos momentos más de vida, todos quieren vivir un poco más, sólo que a veces lo reconocemos cuando se nos terminan los días”.
Rigoberta dice: “Yo soy maya, he recorrido casi todos los centros energéticos de Guatemala, volcanes, ríos, cerros y todo tiene una función en la vida de las personas. Por eso, siento que no perdemos la esperanza”. Rigoberta encuentra la salud fisica, mental, emocional y espiritual alrededor de su gente, porque ellos han aprendido a arreglarse sin doctores ni otros alicientes. La misma naturaleza les ha provisto recursos, usando los elementos a los cuales tienen acceso, como las velas y las plantas medicinales. Sin embargo, Rigoberta reconoce que el recurso más importante es el contacto humano. “Poder llorar con otra persona permite compartir la energía. Es importantísimo escuchar a una persona que está en dificultades, prestar atención a lo que ocurre en las familias, a la violencia que hay en los hogares. En Guatemala, muchas mujeres fueron violadas por militares, mataron a sus esposos y ellas no tienen cómo hacer justicia. No se puede hablar de derechos humanos porque no se pueden efectivizar”.
Aun así, Rigoberta ganó un juicio por discriminación luego de ser insultada en la Corte. Los victimarios repitieron sus insultos por 6 meses, llamándola “señora sucia” y diciéndole cosas como “tu lugar está en la Terminal, con tu gente”, además de otras humillaciones e insultos. La sentencia fue de 3 años de prisión y significó el primer juicio por discriminación ganado por un indígena en Latinoamérica. Si bien los 3 años de prisión hasta ahora no se han cumplido, “al menos se condenó la discriminación contra el indgena”, asegura Rigoberta, quien también ganó otro juicio en España, por genocidio, el año pasado. “Hay una orden de captura contra los genocidas que todavía no han sido capturados. La impunidad es tremenda”, afirma Rigoberta.
Para Rigoberta, es muy difícil teorizar sobre “la paz”. Para ella, dar paz significa dar un consuelo o un consejo. La “Paz” es un compromiso personal de ayudar, de brindar apoyo y comprensión. “En nuestra cultura maya, cuanto más das a un ser querido, más bendiciones tienes y más productivo eres. Yo lo he puesto en práctica. Mi esposo me ha dicho que soy la esposa de Santa Claus, porque doy todo lo que tengo en la casa, porque si tengo un poco de dinero lo termino todo. Siento satisfacción de las obras que uno puede hacer en la vida. No hay nada mejor que pensar que si en algún momento necesito apoyo, lo voy a encontrar. No hay cosa más terrible que cuando a uno le dicen ‘no te puedo ayudar’. Los valores humanos de apoyo, solidaridad y comprensión son los que crean una llama de esperanza para toda la gente. No son las armas, ni las balas. Únicamente el ser humano puede garantizar una calidad de vida.” Cometida a su misión, Rigoberta da todo lo que puede, aún efectos materiales, porque no vive aferrada a las cosas que tiene. Ella se preocupa porque la otra persona sepa que hizo todo lo que pudo por darle a esa persona lo que necesita.
En “Diálogos por la Paz”, más allá de las vivencias personales, Rigoberta admitió que es necesario coincidir con la gente, ponerse de acuerdo y ser incluyente con jóvenes, indígenas, mujeres y blancos, sin dejar a nadie a un lado, y que cada sector esté representado. En la cultura maya todos son iguales. Ninguno es más alto ni más pequeño. La noción de círculo otorga una visión de que todos los individuos son necesarios. Si falta uno se nota un vacío. Se necesita de la fe de toda la gente, fe en la humanidad, fe en la vida y en el futuro. “Ninguno de nosotros es eterno, por lo que no podemos destruir lo que pertenece a las futuras generaciones. Nuestro futuro debe quedar intacto para las futuras generaciones. Para ello, es necesario que siempre tengamos una luz en nuestra mente y en nuestra mirada, que siempre haya luz en nuestro camino, dándole gracias a nuestros ancestros de miles y miles de años atrás porque gracias a ellos estamos aquí”.
En un mensaje tan sencillo y a la vez tan profundo cabe preguntarnos si todos los seres humanos y los gobiernos que nos representan estamos dispuestos a darle una oportunidad a la Paz, a dar de nosotros lo mejor considerando que todos somos merecedores de ella.